Extracto
de “La creación y leyendas de Ceres”
“Se
dice que cuando despertó, pese a hallarse sola en medio de un desierto, ningún
malestar físico la incomodaba y que tan solo dos únicas preguntas le rondaban
la cabeza ¿quién era? y ¿cuál sería su nombre? Se incorporó y cientos de granos
de arena se deslizaron por su cuerpo, provocándole cosquillas. Comenzó a
caminar, sin rumbo fijo. Observó el sol y le agradó su luz y el calor que
provenía de él. Después de un rato, sin embargo, le causó dolor en los ojos,
por lo que anheló un poco de sombra. Al momento, enormes masas blancas y
esponjosas dejaron el cielo entelarañado, de tal manera que solo algunos rayos de sol lograban llegar al suelo. Le
fascinaban los tonos cambiantes de la arena según estuvieran más o menos
iluminados y deseó ver otros colores distintos. Antes de acabar de pensarlo,
árboles, flores y todo tipo de vegetación comenzó a aflorar a sus pies y a su
alrededor, maravillándola con miles de variaciones de verdes, amarillos, lilas,
azules, naranjas y rojos que pudiera imaginar.
Empezó a poner nombre a todas
aquellas formas con los sonidos que le venían a la cabeza, los nombres que las
propias entidades le susurraban. Aquella parte del desierto se transformó en un
vergel. Quiso poder verlo desde lo alto, e inmediatamente se elevó por los
cielos, arrastrada por un viento amable, que la transportaba donde ella
gustase. Ascendió hasta el punto en que toda la cara iluminada del planeta se mostraba
a sus pies. Observó que el desierto abarcaba toda la superficie, excepto aquella
gran zona verde donde crecía, obedeciendo
a sus deseos, la vegetación, y que lentamente se iba extendiendo derramándose fuera
de sus bordes originales. Sintió curiosidad por ver que había al otro lado y la
esfera dorada y verde comenzó a girar lentamente, mostrándole el mismo aspecto amarillento
de la arena del desierto, y el vergel que había creado se sumía en la
oscuridad.
Las rotaciones del planeta le provocaron
una gran algarabía. Ver la mancha verde
que formaba su jardín, cada vez más
extenso, la hizo sonreír y su corazón se llenó de amor por todo aquello. Decidió llamar Ceres a aquel mundo, entristeciéndose
sin embargo al hacerlo, pues ella seguía desconociendo su propio nombre.
Descendió en otro punto de aquella esfera, con la ayuda de aquel viento al que
llamó Shoon, debido al sonido que hacía al arrastrarla. Tan triste estaba que,
arrodillada y apoyada en una piedra, rompió a llorar. Lloró y lloró, hasta que
la planicie a sus pies comenzó a llenarse de sus salobres lágrimas. Finalmente
el agua se desbordó creando un gran mar, el aspecto del cual la entusiasmó.
Quería ver más de aquella sustancia que se agitaba y fluía, y de la cual se
levantaban pequeñas olas, encrestadas de espuma blanca, a medida que Shoon o cualquiera
de los otros vientos pasaban silbando por encima de ella. Hizo que se
levantaran grandes montañas, para poder escalarlas y contemplarlo todo desde
allí por su propio pie.
Una vez en la cima de una de las
montañas, nuevas lágrimas brotaron de sus ojos, de felicidad esta vez, ante la
belleza que la rodeaba. Durante la creación del mar, sin embargo se agotó toda
la sal de su cuerpo, por lo que aquellas nuevas gotas que rodaban por sus
mejillas, fueron dulces y de ellas nacieron todos los ríos de Ceres. Tanto le
agradaba la visión y el ruido del agua al descender por las montañas, que hizo
que de aquellas nubes que se desplazaban
lentamente, se derramara líquido ocasionalmente allí por donde pasaran.
Después de esto, cayó en un profundo sueño, del que tardó siglos en despertar.
Unos alegres ruidos la ayudaron a despertar,
curiosa, de su largo letargo. Cuando abrió los ojos, observó sorprendida a
cientos, miles de criaturas en la superficie de Ceres, que se desplazaban con sus
propios pies, que volaban por el cielo, que saltaban en el interior del agua.
Llamó apresurada a Shoon, que siempre estaba a su disposición. Su amigo el
viento, elevándola del suelo, la llevó volando por toda la superficie del
planeta. El mar se había expandido, gracias a la afluencia de los ríos y la
lluvia de las nubes. En su interior miles de criaturas se habían desarrollado,
animales que nadaban, buceaban, cazaban y se reproducían, multiplicándose.
También el jardín había ido creciendo más y más, abarcando enormes zonas del antiguo
desierto. El bosque, las planicies, la selva, incluso el vasto espacio arenoso,
rezumaban vida por doquier. Contempló maravillada las formas de vida que habían
explotado sobre Ceres, sorprendiéndose de las diferencias entre ellos. Todos
aquellos seres habían nacido en sus sueños, creciendo y desarrollándose a medida
que ella dormía. Asombrada y entusiasmada con todo aquello, pasó los siguientes
años poniéndoles nombres a todos aquellos maravillosos seres, que se acercaban a
ellos confiados, esperando su bendición.
Estaba muy contenta, pues aquel mundo donde un
día despertó, y que era bello siendo un desierto, ahora era precioso,
convertido en un hervidero de vida.
Los años fueron pasando y ella sin embargo
seguía sin nombre. Un buen día llamó a una tortuga, a la que los demás animales
tenían por el ser más sabio del planeta. Era un ejemplar gigantesco y muy
anciano. Le intrigaba cómo podía ser tan vieja la bestia, mientras que ella,
que había vivido todos los días desde el inicio de la creación no había
envejecido en lo más mínimo. Se lo preguntó a la tortuga, y tras meditarlo
largo rato, le contestó que por ella no debía pasar el tiempo, y que durante
todos los años en que había estado durmiendo, más los que pasó después
nombrando todas las cosas, muchas generaciones de animales habían muerto,
mientras que otras nuevas habían ocupado
su lugar. La tortuga le confirmó que seguía como el primer día en que la vio,
cuando surgió de los sueños de la joven. La muchacha le preguntó entonces si
sabía su nombre, ya que ella lo ignoraba, pero la tortuga le contestó que
aunque conocía el nombre de casi todas las cosas a las que ella había ido dando
uno, nunca había escuchado a nadie pronunciar el nombre de la mujer. Ella era
la nominadora, y la tortuga le dijo que debía ser ella misma quien se pusiera
un nombre. Que todo en la creación se refería a su persona como “ella”, pero no
creía que ese fuera un nombre real, ni que fuera el más adecuado. Diciendo
esto, la anciana tortuga murió a los pies de la mujer, con una sonrisa en la
cara, feliz de haber podido pasar sus últimos minutos hablando con la muchacha.
Ella, enfadada por la ausencia de respuestas, cogió la concha de la tortuga y
la arrojó hacia el cielo con todas sus fuerzas. Inmediatamente se arrepintió de
lo que había hecho y devolvió la vida a la tortuga, aunque no la pudo hacer
volver a Ceres. La tortuga sigue dando vueltas al planeta en el cielo, a veces
escondiéndose en su caparazón y a veces asomándose, con la esperanza de que la
muchacha la hubiera perdonado, y por eso es que a veces vemos la luna entera, y
otras veces se esconde atemorizada.”
Claudio Crossbow. Historiador del
Imperio.
Año 420 de la dinastía Treppes
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