Empieza a leer!!!

Podéis empezar con el capitulo -1. Donde se relata parte de la creación del mundo de Ceres. Ninguno de los protagonistas de Dólica aparece en este capitulo, así que, podemos considerarlo como una lectura independiente, pese a la importancia que dicha mitología ira adquiriendo paulatinamente en el libro. Sin mas. Capitulo -1 de Dólica.

Extracto de “La creación y leyendas de Ceres”

         “Se dice que cuando despertó, pese a hallarse sola en medio de un desierto, ningún malestar físico la incomodaba y que tan solo dos únicas preguntas le rondaban la cabeza ¿quién era? y ¿cuál sería su nombre? Se incorporó y cientos de granos de arena se deslizaron por su cuerpo, provocándole cosquillas. Comenzó a caminar, sin rumbo fijo. Observó el sol y le agradó su luz y el calor que provenía de él. Después de un rato, sin embargo, le causó dolor en los ojos, por lo que anheló un poco de sombra. Al momento, enormes masas blancas y esponjosas dejaron el cielo entelarañado, de tal manera que solo algunos  rayos de sol lograban llegar al suelo. Le fascinaban los tonos cambiantes de la arena según estuvieran más o menos iluminados y deseó ver otros colores distintos. Antes de acabar de pensarlo, árboles, flores y todo tipo de vegetación comenzó a aflorar a sus pies y a su alrededor, maravillándola con miles de variaciones de verdes, amarillos, lilas, azules, naranjas y rojos que pudiera imaginar.

Empezó a poner nombre a todas aquellas formas con los sonidos que le venían a la cabeza, los nombres que las propias entidades le susurraban. Aquella parte del desierto se transformó en un vergel. Quiso poder verlo desde lo alto, e inmediatamente se elevó por los cielos, arrastrada por un viento amable, que la transportaba donde ella gustase. Ascendió hasta el punto en que toda la cara iluminada del planeta se mostraba a sus pies. Observó que el desierto abarcaba toda la superficie, excepto aquella  gran zona verde donde crecía, obedeciendo a sus deseos, la vegetación, y que lentamente se iba extendiendo derramándose fuera de sus bordes originales. Sintió curiosidad por ver que había al otro lado y la esfera dorada y verde comenzó a girar lentamente, mostrándole el mismo aspecto amarillento de la arena del desierto, y el vergel que había creado se sumía en la oscuridad.

Las rotaciones del planeta le provocaron  una gran algarabía. Ver la mancha verde que formaba su  jardín, cada vez más extenso, la hizo sonreír y su corazón se llenó de amor por todo aquello.  Decidió llamar Ceres a aquel mundo, entristeciéndose sin embargo al hacerlo, pues ella seguía desconociendo su propio nombre. Descendió en otro punto de aquella esfera, con la ayuda de aquel viento al que llamó Shoon, debido al sonido que hacía al arrastrarla. Tan triste estaba que, arrodillada y apoyada en una piedra, rompió a llorar. Lloró y lloró, hasta que la planicie a sus pies comenzó a llenarse de sus salobres lágrimas. Finalmente el agua se desbordó creando un gran mar, el aspecto del cual la entusiasmó. Quería ver más de aquella sustancia que se agitaba y fluía, y de la cual se levantaban pequeñas olas, encrestadas de espuma blanca, a medida que Shoon o cualquiera de los otros vientos pasaban silbando por encima de ella. Hizo que se levantaran grandes montañas, para poder escalarlas y contemplarlo todo desde allí por su propio pie.

Una vez en la cima de una de las montañas, nuevas lágrimas brotaron de sus ojos, de felicidad esta vez, ante la belleza que la rodeaba. Durante la creación del mar, sin embargo se agotó toda la sal de su cuerpo, por lo que aquellas nuevas gotas que rodaban por sus mejillas, fueron dulces y de ellas nacieron todos los ríos de Ceres. Tanto le agradaba la visión y el ruido del agua al descender por las montañas, que hizo que de aquellas nubes que se desplazaban  lentamente, se derramara líquido ocasionalmente allí por donde pasaran. Después de esto, cayó en un profundo sueño, del que tardó siglos en despertar.

Unos alegres ruidos la ayudaron a despertar, curiosa, de su largo letargo. Cuando abrió los ojos, observó sorprendida a cientos, miles de criaturas en la superficie de Ceres, que se desplazaban con sus propios pies, que volaban por el cielo, que saltaban en el interior del agua. Llamó apresurada a Shoon, que siempre estaba a su disposición. Su amigo el viento, elevándola del suelo, la llevó volando por toda la superficie del planeta. El mar se había expandido, gracias a la afluencia de los ríos y la lluvia de las nubes. En su interior miles de criaturas se habían desarrollado, animales que nadaban, buceaban, cazaban y se reproducían, multiplicándose. También el jardín había ido creciendo más y más, abarcando enormes zonas del antiguo desierto. El bosque, las planicies, la selva, incluso el vasto espacio arenoso, rezumaban vida por doquier. Contempló maravillada las formas de vida que habían explotado sobre Ceres, sorprendiéndose de las diferencias entre ellos. Todos aquellos seres habían nacido en sus sueños, creciendo y desarrollándose a medida que ella dormía. Asombrada y entusiasmada con todo aquello, pasó los siguientes años poniéndoles nombres a todos aquellos maravillosos seres, que se acercaban a ellos confiados, esperando su bendición.

 Estaba muy contenta, pues aquel mundo donde un día despertó, y que era bello siendo un desierto, ahora era precioso, convertido en un hervidero de vida.

Los años fueron pasando y ella sin embargo seguía sin nombre. Un buen día llamó a una tortuga, a la que los demás animales tenían por el ser más sabio del planeta. Era un ejemplar gigantesco y muy anciano. Le intrigaba cómo podía ser tan vieja la bestia, mientras que ella, que había vivido todos los días desde el inicio de la creación no había envejecido en lo más mínimo. Se lo preguntó a la tortuga, y tras meditarlo largo rato, le contestó que por ella no debía pasar el tiempo, y que durante todos los años en que había estado durmiendo, más los que pasó después nombrando todas las cosas, muchas generaciones de animales habían muerto, mientras que  otras nuevas habían ocupado su lugar. La tortuga le confirmó que seguía como el primer día en que la vio, cuando surgió de los sueños de la joven. La muchacha le preguntó entonces si sabía su nombre, ya que ella lo ignoraba, pero la tortuga le contestó que aunque conocía el nombre de casi todas las cosas a las que ella había ido dando uno, nunca había escuchado a nadie pronunciar el nombre de la mujer. Ella era la nominadora, y la tortuga le dijo que debía ser ella misma quien se pusiera un nombre. Que todo en la creación se refería a su persona como “ella”, pero no creía que ese fuera un nombre real, ni que fuera el más adecuado. Diciendo esto, la anciana tortuga murió a los pies de la mujer, con una sonrisa en la cara, feliz de haber podido pasar sus últimos minutos hablando con la muchacha. Ella, enfadada por la ausencia de respuestas, cogió la concha de la tortuga y la arrojó hacia el cielo con todas sus fuerzas. Inmediatamente se arrepintió de lo que había hecho y devolvió la vida a la tortuga, aunque no la pudo hacer volver a Ceres. La tortuga sigue dando vueltas al planeta en el cielo, a veces escondiéndose en su caparazón y a veces asomándose, con la esperanza de que la muchacha la hubiera perdonado, y por eso es que a veces vemos la luna entera, y otras veces se esconde atemorizada.


Claudio Crossbow. Historiador del Imperio.
Año 420 de la dinastía Treppes




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